viernes, 26 de diciembre de 2008

Wind of Change: renovarse o morir

Hoy me ha ocurrido algo que me ha llenado de sorpresa a la vez que indignación. Llevaba varios días con la necesidad de hacerme una foto de carné para renovar mi D.N.I. y por fin, esta tarde, decidí ir a la tienda de fotografía de mi barrio. Es un negocio local, que lleva en este barrio desde que tengo conciencia y creo ha sido el lugar donde me he hecho todas las fotos de carné de mi vida.

Cuando entro en la tienda y comento mi intención, una chica muy simpática me sienta en el lugar adecuado, enciende focos, desenfunda la cámara y flash, foto hecha. “Mira aquí, ¿te gusta?”, y me hace comprobar en el display de la cámara digital si estoy contento con el resultado. Repetimos la operación dos veces más hasta que me convence la foto. “Vale, espera aquí un par de minutos a que te imprima las fotos”, dice la chica amablemente y me hace esperar fuera para tener mis resultados en papel fotográfico. Sin embargo, y aquí empieza lo indignante de la historia, se me ocurre preguntarle que si no le importaba, ya que la cámara era digital, pasarme la foto a un pendrive que suelo llevar siempre encima. La chica, con cara de sorpresa, me dice que eso no se lo han pedido nunca, que las fotos de D.N.I. las imprime en papel y que vale siete euros. “Sí, sí, perdone, pero aparte me gustaría simplemente copiarme el archivo de su cámara digital a este pendrive, son sólo unos segundos.”, le explico pacientemente a la chica. Sin embargo, la perplejidad en su rostro me hace ver cada vez más lo absurdo de la situación: la dependienta o no sabe qué es lo que le estoy pidiendo o realmente no quiere saberlo. Armado de paciencia vuelvo a explicar qué es lo que quiero: “Mire, si la cámara es digital, tendrá un puerto USB o algún conector por el que pueda extraer la foto en formato digital y así, copiarla a mi pendrive. Me haría un favor enorme, ya que, la necesito no sólo para el D.N.I. sino también para mi currículum, que lo estoy haciendo en formato digital.”. Cada nueva explicación por mi parte me hace sentirme un poco más estúpido. No doy crédito de su ineptitud. “Ya, ya, pero es que eso no lo hacemos nunca, ¿sabe?”. Parece que con su respuesta yo debería haberme quedado bien tranquilo, como si le estuviera pidiendo lo imposible. En ningún momento, la dependienta hace ademán de mirar si de la cámara tenía opción a descargar la foto a un ordenador. Y es que cualquier persona que tenga una cámara digital, qué digo, cualquier persona que haya visto cómo funciona una cámara digital, sabe que las fotos se pueden descargar a cualquier ordenador, ya sea conectándola al mismo o insertando la tarjeta de memoria en este. Qué menos que una persona que trabaja en el negocio de la fotografía sepa el mecanismo de las cámaras digitales. Sin embargo parece que me topé con la única persona que no lo sabía, y no sólo eso, sino que le sonaba a chino mi petición a juzgar por la expresión de su cara. La que empezó siendo una amable chica se tornó en la personificación de la incompetencia. “Espera un momento.”, me dice la chica mientras va a la trastienda a preguntar a su jefe por el asunto que acontecía. Cuando sale, muy resuelta ella, su cara tenía la expresión de quien acaba de encontrar la solución al problema. Me ilumina la esperanza de poder llevarme la foto en mi pendrive, con lo que podría tener esa misma tarde mi currículum terminado y listo para enviar. Ya me veía retocando la foto con Photoshop, pegándola dentro del Word y enviando el currículum por correo en cuestión de una o dos horas. Y aquí viene lo mejor: “Mira, me ha dicho mi jefe que si la quieres en digital podemos escanearla y pasártela a CD, pero serían dieciocho euros más.” ¡¿Cómo?! “Perdona, ¿me estás diciendo que coges las fotos que acabas de imprimir, las escaneas y me las pasas a CD, teniendo el original digital en esa cámara? Si es que es muy sencillo, sólo tienes que conectar la cámara a ese ordenador y copiarme el fichero de la foto. Que si se trata de escanearla, ya tengo escáner en mi casa, pero es que así pierde calidad, ¿no te das cuenta?” No sé qué cara de sorpresa-indignación se me puso, pero esta supuesta profesional de la fotografía (y su jefe) lo tenía todo muy claro: “Lo siento, pero es que eso nunca lo hemos hecho.”  Surrealista.

La verdad que no tenía muchas ganas de prolongar esa situación, así que pagué mis siete euros y cogí las fotos impresas. Sin embargo, desde que salí de la tienda hasta que escribo este artículo no puedo dejar de pensar en la incompetencia de esa persona y, por extensión, de su jefe y dueño del establecimiento. Por desgracia se me viene a la mente que la actitud de esas personas es extrapolable a la actitud que nos podemos encontrar en demasiados establecimientos a lo largo de nuestra geografía, algo que creo está presente en demasiadas personas, el miedo a la renovación. El penoso “pero es que eso nunca lo hemos hecho” acompañado de la total indiferencia es un comportamiento que define en gran parte la situación de muchas empresas de mi tierra. Estamos en tiempos de crisis y aquí, en Marbella, en los últimos meses han tenido que cerrar unos doscientos o trescientos pequeños y medianos negocios. Está claro que no a todos les afectará por igual esta situación económica pero no entiendo cómo una empresa puede permitirse dar esa imagen a la clientela. Tal vez sea yo el exigente por pedir algo que no debía. Sin embargo, aunque eso no era lo normal, nadie hizo el ademán de poner solución a mi petición. El día que ese establecimiento tenga que cerrar por cese de negocio (Dios no lo quiera, ni Budha, ni Amón-Ra), todos dirán lo mal que está la economía, se quejarán de la despreocupación del Estado por el pequeño y mediano empresario y a llorar se ha dicho, que no podemos hacer nada.

No habría escrito algo así si este “incidente” no me hubiera llegado tan adentro. Y es que ha sido así porque en mi profesión, Ingeniería Informática, aprender cosas nuevas es la norma. Si tu jefe llega con un proyecto a desarrollar en un lenguaje totalmente nuevo, la respuesta es automática: “De acuerdo, ¿tiene algún manual que pueda ayudarme?”. Y si no lo tiene, se busca en Google, que para eso está.

Las empresas relacionadas con la informática están siempre dispuestas al cambio constante no sólo porque es la norma, sino que es el sentido común: renovarse o morir. Es verdad que el mundo de la informática es excepcionalmente cambiante, seguramente el que más rápido se renueva (y que más dolores de cabeza nos da a los que vivimos de él). Sin embargo, el cambio es aplicable y altamente deseable a cualquier otra empresa, guste o no.



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